Leolibrí - Víctor Armando Mancilla Ríos

Casi todos los biólogos del mundo se reunieron a la espera de poder entrar en el anfiteatro más grande jamás construido. Había sido una obra ex profeso para el descubrimiento del siglo. Fue edificado junto al mar, así tenía que ser. Había que traer dentro de él y a rastras por el mar ese enorme témpano de hielo que había sido desgajado del polo sur, como quien despedaza un mazapán al abrirlo con desesperación.

A pesar de que el hielo antártico está lleno de burbujas, se podía ver una figura translúcida en ese hielo, vidrioso y viajante. Tal vez era un ave gigante por la presencia de algunas formas que entre las burbujas parecían plumas filiformes. Quizás se trataba de un extraño pelaje y garras, no se tenía certeza de si mirábamos un ave gigante, un oso extravagante o quién sabe qué quimera del pasado congelada que navegaba lentamente hacia este anfiteatro gigante y hacia el futuro.

La comunidad científica, los medios de comunicación, preciosos artefactos de la ciencia moderna en tamaños desorbitados como sonares, rayos x y dispositivos para enfriar el enorme hielo se acomodaron apenas en el gigante espacio. La idea era descongelar lentamente y estudiar paso a paso esa extraña criatura. Habían apuestas sobre la posibilidad de encontrar un mamífero gigante o el ave más grande jamás vista. Otro científico presumía que se trataba de un gran pájaro tragando un mamut prehistórico. También estaban los escépticos que pensaban que sólo eran algas acomodadas las que producían esa extraña forma.

El humano siempre busca los patrones; de aves en las nubes, de perros en el cielo, le pone nombres de dioses y animales a los astros y constelaciones. Eso es lo que hacemos los humanos. Darle formas a las nubes, poner ahí lo que no está. Lo hacemos con nuestras emociones y la ciencia lo hace día a día al borrar lo que observa o tratando de afirmar sus teorías. Cada centímetro recorrido daba paso a miles de artículos en revistas de ciencia, las opiniones se multiplicaban y el furor de la ciencia había sido transmitido a cada humano en la tierra.

Por unos meses las guerras pararon, las elecciones en los países habían pasado a segundo plano, el panorama atraía un témpano a la luz y la curiosidad masiva reemplazó cualquier pensamiento; las parejas hablaban en el café "será un perro gigante, un ancestro perdido de dinosaurio y quetzal, un perro vikingo que en leyendas se tragaba a la luna o una serpiente emplumada enroscada como Quetzalcóatl". En las escuelas los niños dibujaban sus propias quimeras exponiendo frente a sus grupos sus imaginaciones, y en las servilletas de café de cada oficina se hacían bosquejos tratando de interpretar las sombras en el hielo.

El témpano avanzaba, y el anfiteatro gigante casi se había terminado. Con más gradas que un estadio de fútbol, cámaras por todas partes y satélites interconectados esperando las primeras imágenes. Pasaron los meses y el hielo se derretía cada vez más rápido, había dejado de ser una montaña: ahora era un pequeño cubito de hielo que presumía su misterio bajo el agua. Pero el estupor no había parado, la gente seguía absorta esperando. Las guerras estaban detenidas. Los problemas económicos giraban en torno al gran anfiteatro y el dinero salía de todas partes tratando de culminar está máxima tarea colectiva.

El hielo seguía desapareciendo. Pero la propia humanidad estaba petrificada toda junta esperando el descubrimiento. Finalmente, a unos cuantos kilómetros antes de llegar al anfiteatro casi terminado, el experto al frente, el eslabón primero de entre todos los hombres de ciencia, se paró de frente a todos los medios para anunciar que el hielo se había derretido completamente.

No había criatura alguna. No había pájaro, elefante o un ornitorrinco gigante. Leonardo, el científico, que ya había nombrado previamente a la criatura usando su propio nombre: Leolibrí, este biólogo en jefe tenía la tarea de decir la lamentable pérdida del espécimen que tal vez nunca estuvo ahí. Él se paró de frente y dijo a la humanidad congelada con su voz grave, en un tono seriamente entusiasmado: "La nueva criatura para investigar ha llegado. La he descubierto en un mundo organizado y unido a una meta: somos nosotros queridos humanos, nosotros somos la nueva criatura emergida del hielo y organizada como un solo hormiguero”.

Y la humanidad se miró a los ojos petrificada, pensando ahora en su nueva meta conjunta...


Idea original Nefemov, con colaboración del Científico Biólogo, especialista en mamíferos y aves Leo Leonardo.

https://nefemov.com/leolibri/