EL MARINERO DEL PACÍFICO - Rusvelt Nivia

Hace años, vivía un hombre en ciudad de Panamá. Se llamaba él, Cristóbal Montoya. Por tradición, trabajaba como navegador de un barco, pasando de los muelles al mar. Era una persona de pocos amigos. Hablaba escasamente con los nativos. A solas, promovía su faena marina. Todas las mañanas, salía en su barco por el océano pacífico y durante cada viaje, se ponía a pescar delfines para sobrevivir entre los días.


Bien de madrugada, Cristóbal hacía lo suyo: zarpaba hacia las aguas profundas. Desde la cabina de mando, manejaba el timón, yendo en el barco por entre las olas espumosas, dirigiéndose hacia lo azulado.


Tiempo después, cuando llegaba al mar abierto, Cristóbal pasaba a estribor y feliz, preparaba la caña con la carnada, luego lanzaba el nailon con los ganchos, más pronto que tarde, cogía los delfines de diversos colores. A lo sigiloso él, los iba matando. Y en cuanto tenía bastantes pescados, volvía a navegar, remontaba de nuevo el océano, surcaba los oleajes, regresando hasta el muelle. Posteriormente, bajaba a tierra y se encaminaba a vender los especímenes en la plaza de mercado.


Así en estas prácticas, el marinero estuvo durante varios años. Se supo perseverante en su ir y trasegar por esa piratería suya. La rutina, la llevaba con regularidad. Cuando un lunes de septiembre, vivenció una aventura misteriosa, que le cambió su futuro. Todo comenzó al amanecer de aquel día lluvioso. Temprano, Cristóbal fue rumbo al muelle para realizar su actividad pesquera de siempre. Al poco tiempo estuvo en aquel sitio, caminó por un sendero hasta llegar al barco y entró a la popa, mas allí siendo fuerte, levó las anclas y enseguida se dirigió al timón, ya arrancando como un nauta, él con su gorro, conduciendo el navío por la mar umbrosa.


De viaje, Cristóbal con brújula en mano, marchó hacia el oeste para el horizonte del invierno. Por el trayecto, fue a media velocidad, adelantando las mareas y viendo el cielo nubado. Asimismo, percató una bandada de golondrinas, volando por los aires. Tal ocasión, le sosegó un poco su melancolía. Así que se puso a canturrear un bolero panameño, que evocaba lo viejo y así entre su presente, siguió desplazándose por lo marítimo.


Ya cuando este marinero llegó al paraje deseado, salió de la cabina y se fue hasta la cubierta del barco. Pronto allí, fue preparando la caña profesional, junto con la carne. A lo seguido, se puso a probarla con algún pez y sólo en ese momento, todo se revolcó, comenzó a embravecerse la mar, cada vez más grandes fueron surgiendo las oleadas, ya golpeaban los costados de la embarcación y a crecimiento, fue tornándose una tormenta centelleante.


Ante tal eventualidad, Cristóbal decidió refugiarse en el cuarto central para esperar el sobrepaso de la borrasca. A lo rápido, ingresó al cubículo, permaneció allí encerrado unos minutos, tomando vino y pensando en la soledad. Cuando de súbito, cayó un rayo sobre la proa, que abrió un hueco a los maderos y precipitosamente, se fue hundiendo el barco.


Desde su posición, claro el panameño, salió a ver qué había sucedido, comenzó a trotar hacia la veleta y apenas se percató del percance, corrió hasta el bote salvavidas y se ubicó en la bancada, dispuesto a huir para salvarse. Sobre lo sucesivo, se puso a mirar la brújula y comenzó a remar hacia el este para la costa.


Durante la travesía, Cristóbal Montoya recorrió varias leguas de navegación, remontó los oleajes encrespados, fue surcando con intrepidez la tempestad. De continuidad, él siguió remando por entre las aguas sombrías, rebasó distintos espacios acuosos y avanzó un buen tramo del océano, pero a pesar suyo, todavía no avistaba tierra.


Al cabo de unas horas de trasiego, obvio se cansó este marinero y se dejó arrastrar por las corrientes del viento. Mas con preocupación, no pudo remar para donde quería, se supo exhausto, fuera de que el salitre ya iba cuarteando la piel de sus manos y de su rostro. Entonces, él se recostó en el suelo del bote y ahí descansó su corporalidad, durmió hasta el anochecer.


Ya al despertar, Cristóbal vio por suerte unos delfines, que iban surgiendo del agua, ellos brincaban a lo raudos entre la marla. De a nado, se apresuraron hasta su proximidad. Sorpresivamente después, él descubrió cómo ellos, rodearon la embarcación y de pronto supo, que juntos fueron empujándola hacia la costa.


Así bien y de madrugada, llegó el panameño a las orillas del pueblo Cambutal. Por ahí, en la playa, encalló el bote de madera. Más adelante, un nativo que iba andando por el arenal, lo avistó a lo lejos y por ser un joven gentil, corrió a socorrerlo, pues él bien resuelto, levantó al hombre y lo llevó a su choza, le salvó la vida.


A partir de entonces, por todo lo vivido, Cristóbal no volvió a pescar y mejor se dedicó a construir canoas para así subsistir con mayor humanidad.

RUSVELT NIVIA CASTELLANOS

ARTISTA DE COLOMBIA